Una “Eterna seducción” flota en el aire, vaga entre las nubes y el
sol, entre la luz y la tierra. La seducción es esa cuerda invisible que atada
en el ensueño del firmamento, siempre está próxima a nosotros, por si alguna
vez prende esa misteriosa chispa y activa esa intensa sensación de sentirse
seducido.
Sin ser consciente de lo que cambiaría mi vida
al atravesar aquella cansada, vieja y chirriante puerta de metal, se abrió ante
mí, sin necesidad de exclamar: ¡Ábrete Sésamo! y como en un cuento, o tal vez en un sueño, se abrió.
Un ejército de gigantes de cartón con formas caprichosas, empuñaron sus armas avanzando sin piedad hacia mí. Fueron capaces de atravesar el pericardio que protege mi corazón e inyectar en él, la gama de colores del arco iris.
Un ejército de gigantes de cartón con formas caprichosas, empuñaron sus armas avanzando sin piedad hacia mí. Fueron capaces de atravesar el pericardio que protege mi corazón e inyectar en él, la gama de colores del arco iris.
Así sucedió. La magia indescriptible de aquel
taller creador de sueños, o según lo llaman popularmente: “taller fallero” se filtró en mi sentir de
artista, con barro, madera y color. Recorrió y penetró por mis venas hasta los huesos, seduciéndome y haciéndome desear, ser uno más de aquellos hombres y
mujeres que envueltos en el esfuerzo diario de la creación, conseguían extraer
de sus mentes todo lo que imaginaban, pudiendo hacer partícipe a todos, de la magia
privada de sus sueños.
Desde aquel día hasta hoy, mi vida ha sido una
“Eterna Seducción” por las fallas, por ese arte efímero que expresa como ningún
otro, el sentir de un pueblo y el interior de un hombre seducido por el arte.
Julio
Monterrubio Fernández
28/01/2017